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Sobre la muerte y el morir.


Por María Ximena Arias Miranda, psicóloga, miembro de RELACOF.



Al terminar este 2020, nos preguntamos a modo de evaluación: qué nos trajo este año? O qué se lleva, este tiempo solar que cambia?

La pandemia de Coronavirus es un foco que nadie puede negar, es una especie de manto homegenizante donde todos cabemos. Esta realidad globalizada, que nos toca de formas diferentes, pero nos toca, nos ha vuelto la mirada a lo más esencial del ser humano: la vida y la muerte.

Esta última, la muerte, ha sido mirada por nuestra cultura con dificultades de integración, tanto a nivel de procesos como cuando se vuelve crudamente visible y alguien muere. La muerte ha tomado un lugar inefable, que preferimos ni nombrar “para no llamarla” y así no hacerla realidad, es temida, sufrida, negada y definitivamente muy poco abordada.

Mas en este devenir pandémico, se nos ha puesto por delante, con nombres, rostros, cifras. Con el dolor de las pérdidas y el miedo a ser un elegido de esta poderosa presencia, nos hemos visto obligados a mirarla de frente como realidad cercana y así a mirar a nuestros muertos.

Esto, nos ha dado la gran oportunidad de integrar el morir a lo viviente, la muerte a la vida, y en ese tejido, percibir el delicado entramado que produce la muerte, ya que todo lo que vive, vive, porque algo muere, algo cede el lugar y se retira para que la vida continúe. Así también lo observamos en los procesos internos, la vida misma es un acontecer en donde lo que está antes da paso a lo que viene: la familia nuclear muere a una familia extendida, el niño a ser un joven, el adulto al anciano…la semilla muere en el brote, la noche en el día, nuestras antiguas identidades a frescas versiones de nosotros mismos y así la transformación “vida-muerte-vida” está presente en la marea continua de vivir.

Dice Bert Hellinger : “El morir pertenece a la vida desde el principio, es la premisa de la vida y parte de ella”. Desde este punto de integración sacamos a la muerte de sombras, podemos mirarla y asentirla para todos nuestros procesos y también para aceptar nuestra propia muerte.


Posiblemente avanzando y profundizando en este entendimiento nos permitamos re- sacralizar la muerte, para acompañar a nuestros muertos y nuestras muertes con una calidad de presencia que se abra a la belleza que se despliega en el acontecimiento mismo, en sintonía con ese espacio misterioso, grande y eterno. Es esa presencia en sintonía la que nos permite y moviliza de vuelta a ellos, de frente a nuestros muertos con humildad y belleza, ya que no nos sentimos superiores por estar en la vida, soltamos las amarrada soberbia de sentirnos vivos como si fuera una ventaja sobre quien ha muerto.

En la fuerza sanadora que contiene la frase que utilizamos en constelaciones “yo vivo un poquito más, y luego yo también muero” se ordena el orgullo y la arrogancia de sentirse en una presuntuosa virtud frente a los muertos, dando espacio a comprender que estamos solo un momento aquí.

Es en esta humildad, es que podemos recibir la fuerza de quien muere, y vamos integrando la comprensión de que el hecho de morir no excluye, el muerto no deja de estar en nuestro orden familiar, ni deja de pertenecer. Así, podemos recibir desde espacio de misterio la bendición que ayuda y asiste nuestro vivir.

Es un momento de llamar a lo hondo de nuestra cualidades compasivas pues como humanidad estamos en plena transformación, precisamente para tomar la oportunidad de recordarnos más y más humanos.

Apelando entonces a esa oportunidad de que emerja la compasión, es que también necesitamos ponernos en presencia frente a los procesos de quien está muriendo para a su viaje de regreso a la fuente, serenidad y equilibrio…y quizás lo más valioso es simple, nuestra presencia…

Presencia que tenga grandes silencios para dar y sencillas palabras para estar:


“Estoy contigo cariño” (Tich Nhat Hanh)


Diciembre 2020, en un verano de calor y vientos suaves.

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