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TE VEO, TAL CUAL COMO ERES.

Por Eder Palencia. Psicólogo.

Miembro de la Red Latinoamericana de Constelaciones Familiares RELACOF


Escuchaba desde pequeño, que siempre se deben tener expectativas en la vida, y que éstas son necesarias para triunfar. Crecí con esa consigna y en algunos aspectos me ha ayudado. Sin embargo, en un área de mi vida he tropezado con ello y tiene que ver con las expectativas hacia mi madre, Julia Eva.

Ese es el tema que abordaré en este escrito y sobre el cual les invito a pensar.

Se habla mucho de las expectativas que tienen los padres frente a los hijos, sin embargo, también se van generando unas expectativas de los hijos hacia sus padres, en especial hacia la madre, y es importante tomar conciencia de ello.

Así como se corre riesgo cuando ponemos demasiadas expectativas en los hijos, también lo es cuando se depositan en la madre. Y va a ser un riesgo porque estamos a merced del otro, de otra vida, de otro destino, poniendo en aquel la responsabilidad de satisfacer nuestras necesidades, lo cual puede abrir brechas de insatisfacción, malestar y sufrimiento.

¿Cuáles son esas expectativas frente a nuestra madre? ¿Tenemos la esperanza de que haga cosas para nosotros o que actué de cierta manera? ¿Y qué pasa cuando mamá no puede cumplir con nuestros deseos?

Esperar de mamá puede ser una exigencia razonable. Cuando estábamos en el vientre o pequeños ella de alguna manera cumplía nuestras expectativas. Cuando llorábamos, acudía a suplir nuestras necesidades básicas, sea la necesidad de alimento o de afecto. Sin embargo, en ese momento éramos desvalidos y necesitábamos a mamá. El asunto es que cuando crecemos también aumenta la autonomía e independencia y con ello la necesidad de hacer nuestra propia vida cada vez más sin la superpoderosa madre.

Paradójicamente, las expectativas que tenemos de mamá nos pueden distanciar de ella, porque es justamente lo que nosotros esperamos, no lo que ella puede darnos. Cabe entonces hacernos la pregunta: ¿Podrá mi madre dar esto que yo espero de ella?

Es así como las expectativas se pueden volver en contra de una relación, que en cierto sentido, es una relación sagrada. Al no sentirnos satisfechos como cuando éramos niños, caemos en el vacío y aparecen compañías como la frustración, la decepción, el dolor y el enojo. Surgiendo frases querulantes como: ¿Por qué no me abrazaste?, ¿por qué me dijiste? ¿Para qué hiciste?, ¿Por qué no me diste esto?, ¿Yo solo necesitaba un poco de aquello?...

El vínculo madre hijo tiene expectativas que se necesitan liberar, ser soltadas. Nuestras pretensiones con respecto a ella, ignoran su historia y sus nudos transgeneracionales. Ignoran la premisa que solo se puede dar aquello que se tiene.

Hellinger (2002) ya nos avisaba de los cuidados que debemos tener con este tema, cuando escribía: “querida mamá, te libero de todas mis expectativas, sobre todo de aquellas que van más allá de lo que se pueda exigir a una mujer común…”

Pueden haber expectativas que no fisuren la relación, sin embargo, es importante liberarse de aquellas que nos conectan con el enojo y con el agobio.

En este sentido, podríamos decirle a mamá: Lo siento, no puedes cumplir con mi expectativas porque son mías, ahora me hago responsable de ellas y te veo como una mamá común y corriente, imperfecta, humana y suficiente para mí.

Para enriquecer esta reflexión, convoquemos también a Joan Garriga quien planteaba que “algunas personas, quizá sin darse cuenta, transfieren a su pareja el deseo de recibir lo que les quedó pendiente en su infancia”, yo precisaría, lo que les quedó pendiente de su madre.

Estas expectativas frustradas las podemos llevar a la pareja, donde ponemos muchos ideales que terminan afectando la relación. Esperar que la pareja solucione los temas pendientes es pedirle demasiado. Y si nos quedamos en ese lugar, fácilmente caemos en un rol infantil, suplicando a la pareja y en el fondo a mamá que cumpla con lo que esperamos de ella. Y este círculo se puede extender a otras figuras emocionalmente significativas, como el docente, el jefe. El lugar de adulto implica hacerse cargo de las propias necesidades, y arreglar por sí mismo, las situaciones inconclusas que se tienen.

Ya para finalizar, la invitación es a dos acciones: Reconocer cuáles son esas expectativas que tenemos con mamá, y hacer un ejercicio de liberación a través de un ritual o una visualización. Esto permitirá conectarnos con la vida aceptando la realidad tal cual como es, honrando a la madre tal cual como es, con sus virtudes y desaciertos.

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