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VIVIENDO EL INVIERNO


Eder Palencia Cárdenas

Psicologo, Docente, Facilitador de Constelaciones Familiares.

Miembro del Equipo fundador de la Red Latinoamericana de Constelaciones Familiares.


Una tarde de otoño, la ardilla jugueteaba entre árboles, era su primera salida sola después de vivir cuidada por sus padres. De a poco iba creciendo, a su vez aprendía el arte de la recolección y almacenamiento de alimentos para los tiempos difíciles. Su padre le encargó tener cuidado con unas semillas especiales, pero la ardilla se descuidó por andar disfrutando sus inicios de libertad y un grupo de roedores ladronzuelos le hurtaron las preciadas golosinas. Al darse cuenta puso sus manitos en su cabeza gacha y al levantarse estaba al frente su padre, quien con mirada firme y rostro sombrío le dijo: “te quedó grande mi encargo, me decepcionaste, así será difícil sobrevivir”.

La ardilla sintió un gran dolor en su alma, un peso gigante que le arrugaba el corazón. Volvió a la madriguera de sus padres, comieron en familia, se fue a dormir y al día siguiente se dio cuenta de que esa sensación de pesadumbre persistía. “Tengo que hacer algo” dijo, “no puedo seguir así”.

Se acordó que le habían enseñado a enterrar y esconder las nueces y semillas. Muchas de esas sucumbían al olvido y nunca más eran encontradas. Y con el tiempo resurgían como árboles.

La ardilla, que fiel a su especie enterraba nueces y semillas, instintivamente enterró su dolor, al fin y al cabo era lo que había aprendido. Por si las dudas lo guardó de manera más profunda.

Se sintió más tranquila, pero no era la misma de antes. Sus técnicas de almacenamiento esta vez no fueron tan efectivas, le seguía rondando algo que no tenía nombre. Igual se hizo la loca y siguió jugueteando y siguió creciendo.

Con cada invierno, el clima sombrío en su madriguera, surgía el tiempo propicio para el silencio y la nostalgia. Se fue dando cuenta que de la semilla del dolor que había enterrado, prosperó el enojo, el resentimiento y una tristeza profunda en ella.

Un día buscando algunos alimentos que había guardado, empezó a escarbar y a escarbar y de pronto encontró algo que no era de ella, seguro otra ardilla con un sentimiento similar de apuro, escondió algo que le era molesto. La ardilla dejó de buscar y se sentó cruzando sus paticas traseras con la mano en su boca mirando hacia lo alto de los árboles, mientras pensaba que ella también había dejado enterrado un dolor. Súbitamente se activó la frustración, la culpa y la desesperanza.

Con una sensación de urgencia decidió hacer algo. Así, salió corriendo a buscar posibles lugares donde encontrar ese dolor que había enterrado y ahora veía como un tesoro. Buscaba y buscaba y no encontraba, preguntaba por todos lados, incluso pidió a otros que le ayudaran.

Hasta que se cansó, cerró sus ojos y se dejó caer al suelo, como si se entregara a la imposibilidad y a la vulnerabilidad. En ese momento pensó en que requería utilizar otra técnica distinta a la que había aprendido por generaciones de ardillas. Escarbar no afuera sino adentro.

Así comprendió que no iba a encontrar el dolor en otro lado, porque lo había enterrado en sí misma.

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